Diario de abordo de Arantxa y Abdel

Mi compañera de Atención Social de Refugiados Bienvenidos me llamó para ver si podía ser el vínculo local de Abdel, un chico que en pocas semanas debía abandonar el piso de la Cruz Roja en el que se alojaba.

En el proceso de solicitud de asilo de Abdel, se le terminaba el plazo en el que algunas organizaciones pueden proveer de vivienda -los solicitantes de asilo pasan por tres fases de 6 meses aproximadamente cada una mientras su solicitud está en trámite-. Yo era relativamente nueva en la asociación pero tenía tiempo y muchas ganas de ser vínculo local.

Nada más colgar el teléfono llamé a Abdel y hablamos en una mezcla de inglés-español para quedar por Lavapiés a tomar algo. También llamé a Juan, uno de los miembros de la familia con la que Abdel viviría, para ir a conocerle esa semana. Me surgían muchas dudas y no paraba de llamar a mi compañera para preguntar y asegurarme de que todo fuese perfecto. Más tarde me di cuenta que esa perfección simplemente nacía sola de la naturalidad de las cosas y no entendía de idiomas ni fronteras.

Juan y Valeria viven en una casa acogedora con chimenea junto a sus hijos -con perro y gato incluidos- en una zona tranquila a las afueras de Madrid. Son muy agradables y curiosos, y ambos tenían muchas ganas de participar en la creación de la cultura de bienvenida.

A los pocos días, quedé con Abdel en Lavapiés y  resulta que se conocía mejor el barrio que yo. Fuimos a un bar cercano a tomarnos algo caliente porque el frío ya estaba llegando a Madrid. Hablamos de la vida y de nosotros: familia, países y viajes, amigos, qué tal por la nueva ciudad, fútbol, hockey… lo típico de cuando conoces a alguien por primera vez.

Abdel estaba contento porque había empezado un máster y su español iba mejorando aunque todavía tenía muchas incógnitas en su vida, a pesar de tener una carrera y hablar más de 3 idiomas. Parece que cuando eres refugiado solo te convalidan todo por una tarjeta roja (un documento identificativo que tienen las personas demandantes de asilo mientras se resuelve su solicitud y que les acredita como residentes legales en el país).

Después de haberles conocido a los dos, me parecía que podían ser un combo genial, así que decidimos, finalmente, quedar todos juntos para conocernos: Valeria, Juan, Abdel y yo. Volvimos a hablar de nuestras experiencias, estudios, las rutinas y dinámicas de la familia, la vida… y todo fluyó tanto que ese mismo día establecimos una fecha de mudanza aproximada. Por temas burocráticos, se alargó un poco más pero todos seguíamos en contacto hablando y organizándonos para el gran día de la mudanza.

Después de unas semanas llegó el momento y, a pesar de que era uno de los días más oscuros y lluviosos del otoño madrileño, Abdel y yo fuimos en coche hasta allí con dos sonrisas, la ilusión, los típicos nervios y las maletas. Aunque seguía lloviendo, cuando llegamos a casa de Valeria y Juan, nos recibieron tan amables como siempre: con un té, dulces y la chimenea casi lista para encenderse.

A día de hoy, llevan más de un mes juntos compartiendo comidas, visitas a Madrid e inquietudes personales; la cultura de bienvenida va creciendo cada vez más en esa casa acogedora con chimenea en una zona tranquila a las afueras de Madrid.