Diario de abordo de Dima y María

Las calles están repletas de gente y cuesta desplazarse por ellas. Es Navidad y el centro de Madrid rebosa movimiento y actividad. Así que, aunque camino lo más deprisa posible, asumo que voy a llegar un poco tarde a la primera cita que tengo con Dima. Le mando un mensaje diciéndole que estoy de camino: “Voy con bufanda rosa, abrigo verde y orejeras”.

Dima y yo no nos conocemos, ni siquiera por foto. Acabo de involucrarme en la organización Refugiados Bienvenidos como “vínculo local”. Seré la encargada de darle la bienvenida, de acompañarle en el proceso de integración y de ayudarle en todo lo posible para que inicie una vida digna en nuestro país.

En cuanto llego al sitio acordado, un chico menudo, rubio castaño y con expansiones en las orejas, se acerca hacia mí. Le quiero llevar a uno de mis bares favoritos, sin embargo –cómo no- no cabe un alfiler. Nos metemos en el siguiente bar, donde encontramos una diminuta mesa vacía. Pero hay un numeroso grupo de amigos jugando al futbolín y se animan entre ellos a gritos. Nos cuesta comunicarnos. “En España se habla demasiado alto, sobre todo, en los bares”, le digo. Hasta ahora nos hemos presentado un poco y me ha contado brevemente su historia. Una conversación un poco formal y nerviosa. Estamos de acuerdo en irnos.

Por fin, encontramos una cafetería tranquila, silenciosa, con sofás y ambiente agradable. “Me gustan mucho más este tipo de sitios”, destaca Dima. Y de repente, nos hemos olvidado lo que nos ha traído aquí y empezamos a hablar de cosas tan universales como la música, la cocina o el café, entre otras.

Pienso que tenemos unos gustos tan dispares, que si no hubiera sido por Refugiados Bienvenidos, nunca nos hubiéramos conocido. Me siento afortunada.

Su sueño es trabajar de barista, es decir, ser un profesional especializado en el café, cuando yo, después de muchos intentos, decidí aceptar –con bastante lástima- que no me gusta el café. “Pero tienes que probar el mío”, pretende convencerme. “Está bien”, cedo, “haré un último intento”.

Por eso mismo, la siguiente vez que nos vemos, ya después de Navidad, decidimos ir a una de sus cafeterías preferidas donde preparan diferentes tipos de café. Todos deliciosos, según Dima. Creo que es el momento de pedirme alguno de los que ofrecen en la carta y hacer uno de mis últimos intentos. El jamaicano suena bien. “Es muy dulce”, me avisa. Con el ron no puede estar malo. Y no lo está, pero me sienta fatal. “Es que tiene mucha azúcar”, me volvió a decir cuando supo mi malestar.

Ese día hablamos mucho de nuestras familias. Conozco por foto a sus padres, profesionales de la educación, a sus cuatro hermanos y a varios de sus sobrinos. “Al más pequeño no le conozco, ya estaba en España cuando nació”, explica con nostalgia.

“¿Sabes que en ucraniano tío se pronuncia ‘yaya’”, añade. Estoy descubriendo muchas cosas de Ucrania. Un país lejano, que apenas sale en las noticias, pero con un conflicto armado con Rusia, que está provocando la huida de muchos de sus habitantes.

Ese día por primera vez se muestra un poco cansado de la situación que está viviendo en España. Durante un año que lleva en nuestro país, a través del Centro de Acogida para Refugiados (CAR), ubicado en Alcobendas, ha hecho dos cursos: uno de español y otro de camarero. Pero, tiene muchas ganas de empezar a ganarse la vida por sí mismo. “Tengo que trabajar ya”, señala, muy serio.

Al cabo de unos días me llama la coordinadora de Refugiados Bienvenidos para anunciarme que ha encontrado una posible habitación para Dima en la casa de María.

Dima preparando café a María / Foto de María José Carmona

María trabaja en el ámbito de la educación y tiene dos hijas. La mayor se ha ido a estudiar al extranjero y se ha quedado su habitación libre, que pone a disposición de las personas refugiadas que lo necesiten durante el tiempo que ella esté fuera. Le cuento por teléfono un poco cómo es Dima. Me recalca mucho que tiene una perrita mayor, enferma, para que se lo transmita a él, ya que hace unas semanas fue otro chico que no pudo quedarse en la habitación, porque tenía pánico a los perros. “Creo que es algo cultural”, apunta.

Un sábado por la mañana quedamos Dima y yo para ir a ver el piso de María, situado en un municipio del sur de Madrid. “No tengo problemas con los perros, pero vamos a ver cómo es el perro”, me dice Dima con una sonrisa un tanto nerviosa, mientras nos dirigimos en un tren de Renfe hacia su posible nueva vivienda.

María nos viene a buscar en su coche. Muy amablemente nos enseña la casa: los dos baños, las habitaciones, la cocina. La perra está encerrada en el salón y ladra bastante. Llega el momento de conocerla. De repente, sale escopetada y se mueve entre nuestros pies para dirigirse hacia la cocina. El sitio preferido de todos los perros por el olor a comida. No nos hace mucho caso, pero es inofensiva. “Si la habitación y la casa te gustan, puedes venirte cuando quieras”, comenta María. “Sí, me gusta. ¿Habría problema en hacer un contrato?”, pregunta Dima.

Queremos conocer un poco el municipio y María nos acompaña a la salida de la urbanización para indicarnos dónde está el centro. Hay unas nubes negras muy feas sobre nuestras cabezas e insiste en dejarnos un paraguas, que efectivamente nos protegerá de un buen chaparrón.

Dima está decidido. Le gusta: “Hay muchas zonas verdes y tiene wifi”. Enseguida escribo a María: “Le ha gustado mucho el piso y la perra también”. Estoy muy contenta por él, pero a la vez, preocupada. ¿Le irá bien? La mayor parte de las solicitudes de refugio son aceptadas para ser estudiadas por el gobierno español, pero solo son resueltas de forma favorable el 31%, según el último informe de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR).

Pienso en ello mientras desayunamos unas barritas de pan con aceite de oliva y tomate, que Dima se toma en forma de bocadillo. Así que no puedo evitar preguntarle: “¿Has pensado que harías si te deniegan el estatuto de refugiado?”. “No quiero pensar eso”, me contesta tajante.

En un par de semanas todo estará listo para realizar la mudanza y celebrar su segundo cumpleaños en España. Con nuevos y viejos amigos y con una nueva etapa por comenzar. Llena de incertidumbre, pero también de ilusión y esperanza.